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    News of a Kidnapping

    Episode 6

    Chapter 2

    THE FIRST FAMILY member to learn about the abduction was Dr. Pedro Guerrero, Beatriz’s husband. He was at the Clinic for Psychotherapy and Human Sexuality—about ten blocks away—preparing a lecture on the evolution of animal species from the elementary functions of single-celled organisms to human emotions and affections. He was interrupted by a phone call from a police officer who asked in a cold, professional way if he was acquainted with Beatriz Villamizar. “Of course,” Dr. Guerrero replied, “she’s my wife.” The officer was silent for a moment and then, in a more human tone, said, “All right! try to stay calm.” Dr. Guerrero did not need to be a distinguished psychiatrist to understand that those words were the preamble to something very serious.

    “What’s happened?” he asked.

    “A driver was murdered at the corner of 5th Avenue and Street 85,” said the officer. “The car’s a Renault 21, light gray, Bogota license plate PS-2034. Do you know the number?”

    “I have no idea,” said Dr. Guerrero in an impatient voice. “Just tell me what happened to Beatriz.”

    “The only thing we can tell you now is that she’s missing,” the officer said. “We found her handbag on the seat, and a notebook where it said to call you in case of emergency.”

    There could be no doubt. Dr. Guerrero was the one who had advised his wife to put an emergency number in her datebook. Although he did not know the license number, the description matched Maruja’s car. The corner where the crime occurred was just a few steps from Maruja’s house, their first stop before Beatriz was driven home. Dr. Guerrero canceled his lecture with a hurried explanation. His friend, the urologist Alonso Acuña, drove him to the crime scene, through the heavy seven o’clock traffic, in fifteen minutes.

    Alberto Villamizar, Maruja Pachón’s husband and Beatriz’s brother, was only two hundred meters from the corner where the abduction took place, but heard about it when the doorman called him on the house phone. He had come home at four, after spending the afternoon at the offices of the newspaper El Tiempo, working on the campaign for the Constituent Assembly whose members were to be elected in December, and he had fallen asleep fully dressed, exhausted by the previous night’s party. His son Andres came in a little before seven, accompanied by Beatriz’s son Gabriel, who had been his best friend since childhood. Andres looked for his mother in the bedroom and woke Alberto, who was surprised to see that it was already dark. Still half asleep, he turned on the light and checked the time. It was almost seven, and Maruja was not back yet.

    The delay was unusual. She and Beatriz were always home earlier than this, regardless of traffic, or called if they were detained for some reason. And Maruja and he had both arranged to be at home by five. Alberto was worried and asked Andrés to call FOCINE.

    The watchman said that Maruja and Beatriz had left a little later than normal and would be there any minute. Villamizar had gone to the kitchen for a glass of water when the telephone rang. Andrés answered. Just by the sound of his son’s voice, Alberto could tell it was an alarming call. He was right. Something had happened on the corner, and the car seemed to be Maruja’s. The doorman’s account was confused.

    Alberto asked Andrés to stay home in case anyone called, and then raced out. Gabriel ran after him. They were too impatient to wait for the elevator, and they dashed down the stairs. The doorman shouted after them:

    “I think somebody was killed.”

    The street looked as if a celebration were in progress. The neighbors were at the windows of the residential buildings, and the horns of cars stalled on the traffic jam were blaring.

    At the corner a squad car attempted to keep a curious crowd away from the abandoned automobile. It surprised Villamizar to see Dr. Guerrero there before him.

    It was, in fact, Maruja’s car. At least half an hour had gone by since the kidnapping, and all that was left were the remains: bullet-shattered glass on the driver’s side, blood and broken glass on the seat, and the dark wet stain on the asphalt where the driver had been lying. He had just been taken away, still alive. Everything else was clean and in order.

    An efficient, well-mannered policeman gave Villamizar the details provided by the few witnesses. They were fragmentary, imprecise, sometimes contradictory, but left no doubt that it had been a case of abduction, and that the driver was the only one wounded. Alberto wanted to know if he had said anything, given any clues. But that had been impossible:

    The driver was in a coma, and no one had said where he had been taken.

    Dr. Guerrero, on the other hand, seemed anesthetized by shock, incapable of assessing the gravity of the situation. When he arrived he had identified Beatriz’s bag;  her cosmetic case, a calendar, a leather card-case that held her identity card, her wallet containing twelve thousand pesos and a credit card, and concluded that only his wife had been abducted.

    “See, Maruja’s bag isn’t here,” he said to his brother-in-law. “She probably wasn’t even in the car.”

    Perhaps this was a kind of professional delicacy intended to distract him while they both caught their breath. But Alberto was beyond that.

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    Journal d’un Enlèvement

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    Noticia de un Secuestro

    Episodio 6

    Capitulo 2

    El primer miembro de la familia que se enteró del secuestro fue el doctor Pedro Guerrero, el marido de Beatriz. Estaba en una Unidad de Sicoterapia y Sexualidad Humana -a unas diez cuadras- dictando una conferencia sobre la evolución de las especies animales desde las funciones primarias de los unicelulares hasta las emociones y afectos de los humanos.

    Lo interrumpió una llamada telefónica de un oficial de la policía que le preguntó con un estilo profesional si conocía a Beatriz Villamizar. «Claro -contestó el doctor Guerrero-. Es mi mujer.» El oficial hizo un breve silencio, y dijo en un tono más humano: «Bueno, no se afane». El doctor Guerrero no necesitaba ser un siquiatra laureado para comprender que aquella frase era el preámbulo de algo muy grave.

    -Pero qué fue lo que pasó? -preguntó.

    -Asesinaron a un chofer en la esquina de la carrera Quinta con calle 85 -dijo el oficial-. Es un Renault 21, gris claro, con placas de Bogotá PS-2034. ¿Reconoce el número?

    -No tengo la menor idea -dijo el doctor Guerrero, impaciente-. Pero dígame qué le pasó a Beatriz.

    -Lo único que podemos decirle por ahora es que está desaparecida -dijo el oficial-. Encontramos su cartera en el asiento del carro, y una libreta donde dice que lo llamaran a usted en caso de urgencia.

    No había duda. El mismo doctor Guerrero le había aconsejado a su esposa que llevara esa nota en su libreta de apuntes. Aunque ignoraba el número de las placas, la descripción correspondía al automóvil de Maru~ ja. La esquina del crimen era a pocos pasos de la casa de ella, donde Beatriz tenía que hacer una escala antes de llegar a la suya. El doctor Guerrero suspendió la conferencia con una explicación apresurada. Su amigo, el urólogo Alonso Acuña, lo condujo en quince minutos al lugar del asalto a través del tránsito embrollado de las siete.

    Alberto Villamizar, el marido de Maruja Pachón y hermano de Beatriz, a sólo doscientos metros del lugar del secuestro, se enteró por una llamada interna de su portero. Había vuelto a casa a las cuatro, después de pasar la tarde en el periódico El Tiempo trabajando en la campaña para la Asamblea Constituyente, cuyos miembros serían elegidos en diciembre, y se había dormido con la ropa puesta por el cansancio de la víspera. Poco antes de las siete llegó su hijo Andrés, acompañado por Gabriel, el hijo de Beatriz, que es su mejor amigo desde que eran niños. Andrés se asomó al dormitorio en busca de su madre y despertó a Alberto. Éste se sorprendió de la oscuridad, encendió la luz y comprobó adormilado que iban a ser las siete. Maruja no había llegado.

    Era un retardo extraño. Ella y Beatriz volvían siempre más temprano por muy difícil que estuviera el tránsito, o avisaban por teléfono de cualquier retraso imprevisto. Además, Maruja estaba de acuerdo con él para encontrarse en casa a las cinco. Preocupado, Alberto le pidió a Andrés que llamara por teléfono a Focine, y el celador le dijo que Maruja y Beatriz habían salido con un poco de retardo. Llegarían de un momento a otro. Villamizar había ido a la cocina a tomar agua cuando sonó el teléfono. Contestó Andrés. Por el solo tono de la voz comprendió Alberto que era una llamada alarmante. Así era: algo había pasado en la esquina con un automóvil que parecía ser el de Maruja. El portero tenía versiones confusas.

    Alberto le pidió a Andrés que se quedara en casa por si alguien llamaba, y salió a toda prisa. Gabriel lo siguió. No tuvieron nervios para esperar el ascensor, que estaba ocupado, y bajaron volando por las escaleras. El portero alcanzó a gritarles:

    -Parece que hubo un muerto.

    La calle parecía en fiesta. El vecindario estaba asomado a las ventanas de los edificios residenciales, y había un escándalo de automóviles atascados en la Circunvalar. En la esquina, una radio-patrulla de la policía trataba de impedir que los curiosos se acercaran al carro abandonado. Villamizar se sorprendió de que el doctor Guerrero hubiera llegado antes que él.

    Era, en efecto, el automóvil de Maruja. Había transcurrido por lo menos media hora desde el secuestro, y sólo quedaban los rastros: el cristal del lado del chofer destruido por un balazo, la mancha de sangre y el granizo de vidrio en el asiento, y la sombra húmeda en el asfalto, de donde acababan de llevarse al chofer todavía con vida. El resto estaba limpio y en orden.

    El oficial de la policía, eficiente y formal, le dio a Villamizar los pormenores aportados por los escasos testigos. Eran fragmentarios e imprecisos, y algunos contradictorios, pero no dejaban duda de que había sido un secuestro, y que el único herido había sido el chofer. Alberto quiso saber si éste había alcanzado a hacer declaraciones que dieran alguna pista. No había sido posible: estaba en estado de coma, y nadie daba razón de adónde lo habían llevado.

    El doctor Guerrero, en cambio, como anestesiado por el impacto, no parecía medir la gravedad del drama. Al llegar había reconocido la cartera de Beatriz, su estuche de cosméticos, la agenda, un tarjetero de cuero con la cédula de identidad, su billetera con doce mil pesos y la tarjeta de crédito, y había llegado a la conclusión de que la única secuestrada era su esposa.

    -Fíjate que la cartera de Maruja no está aquí -le dijo a su cuñado- A lo mejor no venía en el carro.

    Tal vez fuera una delicadeza profesional para distraerlo mientras ambos recobraban el aliento. Pero Alberto estaba más allá.

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