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    News of a Kidnapping

    Episode 52

    Guido Parra, intoxicated by the first success after all his efforts, told Villamizar that Maruja’s release was a matter of three days. Villamizar relayed this to Maruja in a press conference on radio and television. Moreover, Beatriz’s accounts of the conditions of their captivity persuaded Alexandra that her messages were reaching their destination.

    And so she held a half-hour interview with Beatriz, who talked about everything Maruja wanted to know: how she had been freed, how the children were, and the house, and friends, and the hopes she should have for her release.

    From that time on, Alexandra’s program was based on trivia: the clothes they were wearing, the things they were buying, the people they were seeing. Someone would say, “Manuel cooked the pork roast,” just so Maruja would know that the order she had left behind in her house was still intact. All of this, no matter how frivolous it might have seemed, had a reassuring significance for Maruja: Life was continuing.

    The days passed, however, and no signs of her liberation could be seen. Guido Parra became entangled in vague explanations and puerile excuses; he stopped answering the phone; he dropped out of sight. Villamizar demanded an explanation. Parra wandered through long preambles. He said things had been complicated by an increase in the number of killings by the police in the Medellín slums. He asserted that until the government put an end to those barbaric methods, it would be very difficult for anybody to be released. Villamizar did not let him finish.

    “This wasn’t part of the agreement,” he said. “Everything was ’based on the decree being explicit, and it is. This is a debt of honor, and nobody can play games with me.”

    “You don’t know how fucked up it is being a lawyer for these guys,” Parra said. “My problem isn’t whether or not to charge them, my problem is that if things don’t turn out right they’ll kill me. What do you want me to do?”

    “Let’s talk straight, no more bullshit,” said Villamizar. “What’s going on?”

    “If the police don’t stop the killings and don’t punish the ones responsible, there’s no chance they’ll let Doña Maruja go. That’s it in a nutshell.”

    Blind with rage, Villamizar cursed Escobar with a string of oaths and finished by saying:

    “And you, you better get lost, because the man who’s going to kill you is me.”

    Guido Parra vanished. Not only because of Villamizar’s violent reaction but also because of Pablo Escobar’s, who apparently did not forgive him for overstepping his authority as a negotiator.  Hernando Santos could appreciate this when a terrified Guido Parra called to say that he had such an awful letter for him from Escobar that he did not even have the courage to read it to him.

    “The man is crazy,” he said. “Nobody can calm him down, and the only thing I can do is disappear from the face of the earth.”

    Hernando Santos, knowing this would cut off his only channel to Pablo Escobar, tried to convince him to stay on. He failed. The last favor Guido Parra asked was that he gets him a visa for Venezuela and arrange for his son to finish his studies at the Gimnasio Moderno in Bogotá. Unconfirmed rumors say that he took refuge in a convent in Venezuela where one of his sisters was a nun. Nothing else was known about him until April 16, 1993, when he was found dead in Medellín, in the trunk of a car with no license plates, along with his son the secondary school graduate.

    Villamizar needed time to recover from a terrible sense of defeat. He was crushed by remorse for having believed in Escobar’s word. Everything seemed lost. During the negotiations he had kept Dr. Turbay and Hernando Santos informed, for they too had been left with no channels to Escobar. They saw one another almost every day, and little by little he stopped telling them about the setbacks and gave them only encouraging news. He spent long hours in the company of the former president, who endured the death of his daughter with heartrending stoicism; he retreated into himself and refused to make a statement of any kind: He became invisible. Hernando Santos, whose only hope of freeing his son had been based on Parra’s mediation, slipped into a profound depression.

    The murder of Marina, and in particular the brutal way it had been discovered and announced, gave rise to inevitable questions about what to do now. Every possibility for mediation of the kind provided by the Notables had been exhausted, yet no other intermediary seemed effective. Goodwill and indirect methods made no sense.

    Villamizar was clear-sighted about the situation, and he unburdened himself to Rafael Pardo. “Imagine how I feel,” he said. “For all these years Escobar has been my family’s cross, and mine. First he threatens me. Then he makes an attempt on my life, and it’s a miracle I escape. He goes on threatening me. He assassinates Galán. He abducts my wife and my sister, and now he wants me to defend his rights.” There was no consolation to be had, however, because his fate had been decided: The only certain road to freedom for the hostages led straight to the lion in his den. In plain language: The only thing left for him to do—and he was bound to do it—was fly to Medellín and find Pablo Escobar, wherever he might be, and discuss the situation face-to-face.

  • FR

    Journal d’un Enlèvement

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  • ES

    Noticia de un Secuestro

    Episodio 52

    Guido Parra, embriagado por el primer éxito de su diligencia, le anunció a Villamizar que la liberación de Maruja era cuestión de unos tres días. Villamizar se lo transmitió a Maruja en una rueda de prensa por radio y televisión. Por otra parte, los relatos de Beatriz sobre las condiciones del cautiverio le dieron a Alexandra la seguridad de que sus mensajes llegaban a su destino. Así que le hizo una entrevista de media hora en la cual Beatriz contó todo lo que Maruja quería saber: cómo la habían liberado, cómo estaban los hijos, la casa, los amigos, y qué esperanzas de ser libre podía sustentar.

    A partir de entonces harían el programa con toda clase de detalles, con la ropa que se ponían, las cosas que compraban, las visitas que recibían. Alguien decía: «Manuel ya preparó el pernil». Sólo para que Maruja se diera cuenta de que aún seguía intacto el orden que ella había dejado en su casa. Todo esto, por frívolo que pudiera parecer, tenía un sentido alentador para Maruja: la vida seguía, Sin embargo, los días pasaban y no se veían indicios de liberación. Guido Parra se enredaba en explicaciones vagas y pretextos pueriles; se negaba al teléfono; desapareció. Villamizar lo llamó al orden. Parra se extendió en preámbulos. Dijo que las cosas se habían complicado por el incremento de la masacre que la policía estaba haciendo en las comunas de Medellín. Alegaba que mientras el gobierno no pusiera término a aquellos métodos salvajes era MUY difícil la liberación de nadie. Villamizar no lo dejó llegar al final.

    -Esto no hacía parte del acuerdo -le dijo-. Todo se fundaba en que el decreto fuera explícito, y lo es. Es una deuda de honor, y conmigo no se juega.

    -Usted no sabe lo jodido que es ser abogado de estos tipos -dijo Parra-. El problema mío no es que cobre o no cobre, sino que la cosa me sale bien o me matan. ¿Qué quiere que haga? -Aclaremos esto sin más paja -dijo Villamizar-. ¿Qué es lo que está pasando? -Que mientras la policía no pare la matanza y castiguen a los culpables no hay ninguna posibilidad de que suelten a doña Maruja. Ésa es la vaina.

    Ciego de furia, Villamizar se desató en improperios contra Escobar, y concluyó:

    -Y usted piérdase, porque el que lo va a matar a usted soy yo.

    Guido Parra desapareció. No sólo por la reacción violenta de Villamizar, sino también por la de Pablo Escobar, que al parecer no le perdonó el haberse excedido en sus poderes de negociador. Esto pudo apreciarlo Hernando Santos por el pavor con que Guido Parra lo llamó por teléfono para decirle que tenía para él una carta tan terrible de Escobar que ni siquiera se atrevía a leérsela.

    -Ese hombre está loco -le dijo-. No lo calma nadie, y a mí no me queda más remedio que borrarme del mundo.

    Hernando Santos, consciente de que aquella determinación interrumpía su único canal con Pablo Escobar, trató de convencerlo de que se quedara. Fue inútil. El último favor que Guido Parra le pidió fue que le consiguiera una visa para Venezuela y una gestión para que su hijo terminara el bachillerato en el Gimnasio Moderno de Bogotá. Por rumores nunca confirmados se cree que fue a refugiarse en un convento de Venezuela donde una hermana Suya era monja. No volvió a saberse nada de él, hasta que fue encontrado muerto en Medellín, el 16 de abril de 1993, junto con su hijo bachiller, en el baúl de un automóvil sin placas.

    Villamizar necesitó tiempo para reponerse de un terrible sentimiento de derrota. Lo abrumaba el arrepentimiento de haber creído en la palabra de Escobar. Todo le pareció perdido. Durante la negociación había mantenido al corriente al doctor Turbay y a Hernando Santos, que también se habían quedado sin canales con Escobar. Se veían casi a diario, y él había terminado por no contarles sus contratiempos sino las noticias que los alentaran. Acompañó durante largas horas al ex presidente, que había soportado la muerte de su hija con un estoicismo desgarrador; se encerró en sí mismo y se negó a cualquier clase de declaración: se hizo invisible. Hernando Santos, cuya única esperanza de liberar al hijo se fundaba en la mediación de Parra, cayó en un profundo estado de derrota.

    El asesinato de Marina, y sobre todo la forma brutal de reivindicarlo y anunciarlo, provocó una reflexión ineludible sobre qué hacer en adelante. Toda posibilidad de intermediación al estilo de los Notables estaba agotada, y sin embargo ningún otro intermediario parecía eficaz. La buena voluntad y los métodos indirectos carecían de sentido.

    Consciente de su situación, Villamizar se desahogó con Rafael Pardo. «Imagínese cómo me siento -le dijo- Escobar ha sido mi martirio y el de mi familia todos estos años. Primero me amenaza. Luego me hace un atentado del cual me salvé de milagro. Me sigue amenazando.

    Asesina a Galán. Secuestra a mi señora y a mi hermana y ahora pretende que le defienda sus derechos.» Sin embargo era un desahogo inútil, porque su suerte estaba echada: el único camino cierto para la liberación de los secuestrados era irse a buscar el león en su guarida.

    Dicho sin más vueltas: lo único que le quedaba por hacer -y tenía que hacerlo sin remedio- era volar a Medellín y buscar a Pablo Escobar donde estuviera para discutir el asunto frente a frente.

  • FA

    گزارش یک آدم ربایی

    قسمت پنجاه و دوم

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