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    News of a Kidnapping

    Episode 46

    Jonas finished his tour of duty at the end of January and said goodbye to the hostages with a demonstration of his trust. “I’ll tell you something if you promise not to say who told you.” And then he revealed the news that had been gnawing at him inside:

    “They killed Doña Diana Turbay.”

    The blow woke them. For Maruja it was the most terrible moment of her captivity. Beatriz tried not to think about what seemed irremediable to her: “If they killed Diana, I’ll be next.” After all, since the first of January, when the old year had ended and they were still not free, she had been telling herself: “Either they let me go or I let myself die.”

    One day, when Maruja was playing a game of dominoes with another guard, the Gorilla touched various places on his chest with his index finger and said: “I feel something funny here. What do you think it is?” Maruja stopped playing, looked at him with all the contempt she could summon, and said: “It’s either gas or a heart attack.” He dropped his sub-machine gun to the floor, stood up in terror, spread his hand over his chest, and with a colossal shout he roared:

    “My heart hurts, damn it!”

    He collapsed onto the remains of breakfast and lay there, face-down. Beatriz, who knew he hated her, felt a professional impulse to help him, but just then the major-domo and his wife came in, frightened by the shouting and the noise of his fall. The other guard, who was small and thin, had tried to help him but his submachine gun got in the way, and he handed it to Beatriz.

    “You’re responsible for Doña Maruja,” he told her.

    He, the major-domo, and Damaris together could not lift the Gorilla. They took hold of him and dragged him to the living room. Beatriz, weapon in hand, and a dumbfounded Maruja saw the sub-machine gun on the floor, and both were shaken by the same temptation. Maruja knew how to fire a revolver, and she had once been shown how to use a sub-machine gun, but a providential lucidity kept her from picking it up. For her part, Beatriz was familiar with military procedures. For five years she had trained with the reserves twice a week, and had been promoted from second lieutenant to lieutenant to the rank of captain as a civilian affiliated with the Military Hospital. She had taken a special artillery course. But she too realized that they had everything to lose. The two women consoled themselves with the thought that the Gorilla would never return. And, in fact, he never did.

    WHEN PACHO SANTOS watched Diana’s funeral and the exhumation of Marina Montoya on television, he knew his only alternative was escape. By this time he had a rough idea of where he was. From the guards’ conversations and things they had let slip, and through other reporter’s arts, Pacho had established that he was in a corner house in some sprawling, crowded neighborhood in western Bogotá. He was in the main room on the second floor, and the window faced the street but was boarded over. He knew the house was rented, perhaps without a lease, because the woman who owned it arrived at the beginning of each month to collect the rent. She was the only outsider who came in and went out, and before they opened the street door for her they would chain Pacho to the bed, warning him with threats to keep absolutely quiet, and turning off the radio and television.

    He had established that the boarded window in his room overlooked the garden, and that there was a door to the outside at the end of the narrow hall where the bathroom was located. He could use it whenever he chose, with no one guarding him, just by walking across the hall, but first he had to ask to be unchained. The only ventilation in the bathroom was a window where he could see the sky. The window was very high and would not be easy to reach, but it was wide enough to get through. He had no idea where it led. In the adjoining room were the red metal bunk beds where the off-duty guards slept. There were four of them, and two-man teams worked six-hour shifts. In the ordinary course of events, they never displayed their weapons, though they always carried them. Only one slept on the floor next to the double bed.

    He had established that they were close to a factory, whose whistle could be heard several times a day, and because of daily choral singing and the noise at recess, he knew he was near a school. On one occasion he had asked for a pizza, and it was still hot when they brought it back in less than five minutes, and so he knew it could have been made and sold on the same block. There was no doubt about their buying newspapers right across the street, in a shop large enough to carry Time and Newsweek. The smell of fresh-baked bread would wake him at night. With shrewd questions he managed to find out from the guards that within a hundred meters there was a pharmacy, an automobile mechanic, two bars, a restaurant, a shoemaker, and two bus stops. With these and many other scraps of information gathered piecemeal, he tried to solve the puzzle of his escape routes.

    One of the guards had told him that in case the law came they had orders to go straight to his room and shoot him three times point-blank: one bullet in the head, another in the heart, the third in the liver. After he heard this, he managed to hide a liter soda bottle and kept it within reach to use as a club. It was the only weapon he had.

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    Journal d’un Enlèvement

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  • ES

    Noticia de un Secuestro

    Episodio 46

    Jonás terminó su turno a fines de enero y se despidió de las rehenes con una prueba de confianza. «Quiero contarles algo con la condición de que nadie sepa quién se lo dijo», advirtió. Y soltó la noticia que lo carcomía por dentro:

    -A doña Diana Turbay la mataron.

    El golpe las despertó. Para Maruja fue el instante más terrible del cautiverio. Beatriz trataba de no pensar en lo que le parecía irremediable: «Si mataron a Diana, la que sigue soy yo». A fin de cuentas, desde el primero de enero, cuando el año viejo se fue sin que las liberaran, se había dicho: «O me sueltan o me dejo morir».

    Un día de ésos, mientras Maruja jugaba una partida de dominó con otro guardián, el Gorila se tocó distintos puntos del pecho con el índice, y dilo: «Siento algo muy feo por aquí. ¿Qué será?». Maruja interrumpió la jugada, lo miró con todo el desprecio de que fue capaz, y le dijo:

    -O son gases o es un infarto».

    Él soltó la metralleta en el piso, se levantó aterrorizado, se puso en el pecho la mano abierta con todos los dedos extendidos, y lanzó un grito colosal:

    -¡Me duele el corazón, carajo!

    Se derrumbó sobre los trastos del desayuno, y quedó tendido boca abajo. Beatriz, que se sabía odiada por él, sintió el impulso profesional de auxiliarlo, pero en ese momento entraron el mayordomo y su mujer, asustados por el grito y el estropicio de la caída. El otro guardián, que era pequeño y frágil, había tratado de hacer algo, pero se lo impidió el estorbo de la metralleta, y se la entregó a Beatriz.

    -Usted me responde por doña Maruja -le dijo.

    Él, el mayordomo y Damaris, juntos, no pudieron cargar al caído. Lo agarraron como pudieron, y lo arrastraron hasta la sala. Beatriz, con la metralleta en la mano, y Maruja, atónita, vieron la metralleta del otro guardián abandonada en el piso, y a las dos las estremeció la misma tentación. Maruja sabía disparar un revólver, y alguna vez le habían explicado cómo manejar la metralleta, pero una lucidez providencial le impidió recogerla.

    Beatriz, por su parte, estaba familiarizada con las prácticas militares. En un entrenamiento de cinco años, dos veces por semana, pasó por los grados de subteniente y teniente, y alcanzó el de capitán asimilado en el Hospital Militar. Había hecho un curso especial de artillería de cañón. Sin embargo, también ella se dio cuenta de que llevaban todas las de perder. Ambas se consolaron con la idea de que el Gorila no volvería jamás. No volvió, en efecto.

    Cuando Pacho Santos vio por televisión el entierro de Diana y la exhumación de Marina Montoya, se dio cuenta de que no le quedaba otra alternativa que fugarse. Ya para entonces tenía una idea aproximada de dónde se encontraba. Por las conversaciones y los descuidos de los guardianes, y por otras artes de periodista logró establecer que estaba en una casa de esquina en algún barrio vasto y populoso del occidente de Bogotá. Su cuarto era el principal del segundo piso con la ventana exterior clausurada con tablas. Se dio cuenta de que era una casa alquilada, y tal vez sin contrato legal, porque la propietaria iba a principios de cada mes a cobrar el arriendo. Era el único extraño que entraba y salía, y antes de abrirle la puerta de la calle subían a encadenar a Pacho en la cama, lo obligaban con amenazas a permanecer en absoluto silencio, y apagaban el radio y el televisor.

    Había establecido que la ventana clausurada en el cuarto daba sobre el antejardín, y que había una puerta de salida al final del corredor estrecho donde estaban los servicios sanitarios. El baño podía utilizarlo a discreción sin ninguna vigilancia con sólo atravesar el corredor, pero antes tenía que pedir que lo desencadenaran. Allí la única ventilación era una ventana por donde podía verse el cielo. Tan alta, que no sería fácil alcanzarla, pero tenía un diámetro suficiente para salir por ella. Hasta entonces no tenía una idea de adónde podía conducir. En el cuarto vecino, dividido en camarotes de metal rojo, dormían los guardianes que no estaban de turno. Como eran cuatro se relevaban de dos en dos cada seis horas. Sus armas no estuvieron nunca a la vista en la vida cotidiana, aunque siempre las llevaban consigo. Sólo uno dormía en el suelo junto a la cama matrimonial.

    Estableció que estaban cerca de una fábrica, cuyo silbato se escuchaba varias veces al día, y por los coros diarios y la algarabía de los recreos sabía que estaba cerca de un colegio. En cierta ocasión pidió una pizza y se la llevaron en menos de cinco minutos, todavía caliente, y así supo que la preparaban y vendían tal vez en la misma cuadra. Los periódicos los compraban sin duda al otro lado de la calle y en una tienda grande, porque vendían también las revistas Time y Newsweek. Durante la noche lo despertaba la fragancia del pan recién horneado de una panadería. Con preguntas tramposas logró saber por los guardianes que a cien metros a la redonda había una farmacia, un taller de automóvil, dos cantinas, una fonda, un zapatero remendón y dos paraderos de buses. Con esos y muchos otros datos recogidos a pedazos trató de armar el rompecabezas de sus vías de escape.

    Uno de los guardianes le había dicho que en caso de que llegara la ley tenían la orden de entrar antes en el cuarto y dispararle tres tiros a quemarropa: uno en la cabeza, otro en el corazón y otro en el hígado. Desde que lo supo consiguió quedarse con una botella de gaseosa de a litro, que mantenía al alcance de la mano para blandirla como un mazo. Era la única arma posible.

  • FA

    گزارش یک آدم ربایی

    قسمت چهل و ششم

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