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    News of a Kidnapping

    Episode 4

    In the other car, Beatriz could draw no conclusion regarding their route. She lay on the floor the entire time and did not recall driving up any hill as steep as La Calera, or passing any checkpoints, though the cab might have had a special permit that allowed it through without being stopped. The atmosphere in the car was very tense because of the heavy traffic. The man at the wheel shouted into the two-way radio that he couldn’t drive over the other cars and kept asking what to do, which made the men in the lead car so nervous they gave him different, and contradictory, instructions.

    Beatriz was very uncomfortable, with one leg bent under her and the stink of the jacket making her dizzy. She tried to find a less painful position. Her guard thought she was struggling and attempted to reassure her:

    “Take it easy, sweetheart; nothing’s going to happen to you. You just have to deliver a message.”

    When he realized at last that the problem was her leg, he helped her straighten it and was less brusque with her. More than anything else, Beatriz could not bear the “sweetheart,” a liberty that offended her almost more than the stench of the jacket. But the more he tried to reassure her, the more convinced she became that they were going to kill her. She estimated the trip as taking no more than forty minutes, so it must have been about a quarter to eight when they reached the house.

    Her arrival was identical to Maruja’s. Her head was covered by the foul-smelling jacket, and they led her by the hand, warning her not to look anywhere but down. She saw what Maruja had seen: the courtyard, the tile floor, and two steps. They told her to move left, and then they removed the jacket. There was Maruja, sitting on a stool, looking pale in the red glow of the only light in the room.

    “Beatriz!” said Maruja. “You’re here too?”

    She did not know what had happened to Beatriz, but thought they had let her go because she was not really involved in anything. When she saw her she felt great joy at not being alone and at the same time immense sadness because she had been kidnapped too. They embraced as if they had not seen each other for a long time.

    It was inconceivable that the two of them could survive in that squalid room, sleeping on a single mattress on the floor, with two masked guards who did not take their eyes off them for an instant. Then another man in a mask—elegant, well built, at least five feet, ten inches tall—whom the others called “Doctor,” the title used for any professional, took charge with the air of someone who had great authority. The rings were removed from Beatriz’s left hand, but they did not notice that she was wearing a gold chain with a medal of the Virgin.

    “This is a military operation, and nothing’s going to happen to you,” he said, and repeated: “We’ve only brought you here so that you can deliver a communiqué to the government.”

    “Who’s holding us?” Maruja asked.

    He shrugged. “That doesn’t matter now,” he said. He raised the machine gun so they had a clear view of it, and went on: “But I want to tell you one thing. This machine gun has a silencer; nobody knows where you are, or who you’re with. The minute you scream or do anything else, we’ll get rid of you and nobody will ever see you again.” They held their breath, expecting the worst. But when he had finished his threats, the boss turned to Beatriz.

    “Now we’re separating you, we’re going to let you go,” he said. “We took you along by mistake.”

    Beatriz’s response was immediate.

    “Oh, no,” she said without any hesitation. “I’m staying with Maruja.”

    Her decision was so brave and generous that even her abductor exclaimed in amazement, without a shred of irony: “What a loyal friend you have, Doña Maruja!” And she, being grateful despite her consternation, agreed and thanked Beatriz. Then the “Doctor” asked if they wanted anything to eat. They refused but asked for water since their mouths were bone dry. Maruja, who always has a cigarette lit and keeps the pack and lighter in easy reach, had not smoked during the trip. She asked for her bag, where she kept her cigarettes, and he gave her one of his.

    Both women asked to use the bathroom. Beatriz went first, her head covered by a torn, dirty cloth. “Keep your eyes on the floor,” someone ordered. She was led by the hand along a narrow hall to a tiny, filthy lavatory with a sorry little window looking out on the night. The door had no inside lock, but it did close, and so Beatriz climbed up on the toilet and looked out the window. In the light of a streetlamp all she could see was a small adobe house with red roof tiles and a patch of grass in front, the kind of house seen all along the roads through the savanna.

    When she returned to the room, she found a drastic change in circumstances.

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    Journal d’un Enlèvement

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    Noticia de un Secuestro

    Episodio 4

    Beatriz, en el otro automóvil, no pudo sacar ninguna conclusión de la ruta. Siempre estuvo tendida en el suelo y no recordaba haber subido una cuesta tan empinada como la de La Calera, ni pasaron por ningún retén, aunque era posible que el taxi tuviera algún privilegio para no ser demorado. El ambiente en la ruta fue de un gran nerviosismo por el embrollo del tránsito. El chofer gritaba a través del radioteléfono que no podía pasar por encima de los carros, preguntaba qué hacía, y eso ponía más nerviosos a los del automóvil delantero, que le daban indicaciones distintas y contradictorias.

    Beatriz había quedado muy incómoda, con la pierna doblada y aturdida por el tufo de la chaqueta. Trataba de acomodarse. Su guardián pensaba que estaba rebelándose y procuró calmarla: «Tranquila, mi amor, no te va a pasar nada -le decía-. Sólo vas a llevar una razón». Cuando por fin entendió que ella tenía la pierna mal puesta, la ayudó a estirarla y fue menos brusco. Más que nada, Beatriz no podía soportar que él le dijera «mi amor», y esa licencia la ofendía casi más que el tufo de la chaqueta. Pero cuanto más trataba él de tranquilizarla más se convencía ella de que iban a matarla. Calculó que el viaje no duró más de cuarenta minutos, así que cuando llegaron a la casa debían ser las ocho menos cuarto.

    La llegada fue idéntica a la de Maruja. Le taparon la cabeza con la chamarra pestilente y la llevaron de la mano con la advertencia de que sólo mirara hacia abajo. Vio lo mismo que  Maruja: el patio, el piso de baldosa, dos escalones finales. Le indicaron que se moviera a la izquierda, y le quitaron la chaqueta. Allí estaba Maruja sentada en un taburete, pálida bajo la luz roja del bombillo único.

    -¡Beatriz! -dijo Maruja-. ¡Usted aquí!

    Ignoraba qué había pasado con ella, pero pensó que la habían liberado por no tener nada que ver con nada. Sin embargo, al verla ahí, sintió al mismo tiempo una gran alegría de no estar sola, y una inmensa tristeza porque también a ella la hubieran secuestrado. Se abrazaron como si no se hubieran visto desde hacía mucho tiempo.

    Era inconcebible que las dos pudieran sobrevivir en aquel cuarto de mala muerte, durmiendo sobre un solo colchón tirado en el suelo, y con dos vigilantes enmascarados que no las perderían de vista ni un instante. Un nuevo enmascarado, elegante, fornido, con no menos de un metro ochenta de estatura, al que los otros llamaban el Doctor, tomó entonces el mando con aires de gran jefe. A Beatriz le quitaron los anillos de la mano izquierda y no se dieron cuenta de que llevaba una cadena de oro con una medalla de la Virgen.

    -Esto es una operación militar, y a ustedes no les va a pasar nada -dijo, y repitió-: Sólo las hemos traído para llevar un comunicado al gobierno.

    -¿Quién nos tiene? -le preguntó Maruja.

    Él se encogió de hombros. «Eso no interesa ahora», dijo. Levantó la ametralladora para que la vieran bien, y prosiguió: «Pero quiero decirles una cosa. Ésta es una ametralladora con silenciador, nadie sabe dónde están ustedes ni con quién. Donde griten o hagan algo las desaparecemos en un minuto y nadie vuelve a saber de ustedes». Ambas retuvieron el aliento a la espera de lo peor. Pero al final de las amenazas, el jefe se dirigió a Beatriz.

    -Ahora las vamos a separar, pero a usted la vamos a dejar libre -le dijo-. La trajimos por equivocación. Beatriz reaccionó de inmediato.

    -Ah, no -dijo sin la menor duda-. Yo me quedo acompañando a Maruja.

    Fue una decisión tan valiente y generosa, que el mismo secuestrador exclamó asombrado sin una pizca de ironía: «Qué amiga tan leal tiene usted, doña Maruja». Ésta, agradecida en medio de su  consternación, le confirmó que así era, y se lo agradeció a Beatriz. El Doctor les preguntó entonces si querían comer algo. Ambas dijeron que no. Pidieron agua, pues tenían la boca reseca.

    Les llevaron refrescos. Maruja, que siempre tiene un cigarrillo encendido y el paquete y el encendedor al alcance de la mano, no había fumado en el trayecto. Pidió que le devolvieran la cartera donde llevaba los cigarrillos, y el hombre le dio uno de los suyos.

    Ambas pidieron ir al baño. Beatriz fue primera, tapada con un trapo roto y sucio. «Mire para el suelo», le ordenó alguien. La llevaron de la mano por un corredor estrecho hasta un retrete ínfimo, en muy mal estado y con una ventanita triste hacia la noche. La puerta no tenía aldaba por dentro, pero cerraba bien, de modo que Beatriz se encaramó en el inodoro y miró por la ventana. Lo único que pudo ver a la luz de un poste fue una casita de adobe con tejados rojos y un prado al frente, como se ven tantas en los senderos de la sabana.

    Cuando regresó al cuarto se encontró con que la situación había cambiado por completo.

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