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    News of a Kidnapping

    Episode 3

    The one who held her head on his knees also tried to reassure her. Maruja took a deep breath, exhaled very slowly through her mouth, and began to regain her composure. After a few blocks the situation changed because the car ran into a traffic jam on a steep incline. The man on the two-way radio started to shout impossible orders that the driver of the other car could not carry out. Several ambulances were caught in traffic somewhere along the highway, and the din of sirens and ear-splitting horns as maddening even for someone with steady nerves. And for the moment, at least, that did not describe the “kidnappers. The driver was so agitated as he tried to make his way through traffic that he hit a taxi. It was no more than a tap, but the cab driver shouted something that made them even more nervous. The man with the two-way radio ordered him to move no matter what, and the car drove over sidewalks and through empty lots.

    When they were free of traffic, they were still going uphill. Maruja had the impression they were heading toward La Calera, a hill that tended to be very crowded at that hour.

    Then she remembered some cardamom seeds, a natural tranquilizer, in her jacket pocket, and asked her captors to let her chew a few. The man on her right helped her look for them, and this was when he noticed she was still holding her handbag. They took it away but gave her the cardamom. Maruja tried to get a good look at the kidnappers, but the light was too dim. She dared to ask a question: “Who are you people?” The man with the two-way radio answered in a quiet voice:

    “We’re from the M-19.”

    A nonsensical reply: The M-19, a former guerrilla group, was legal now and campaigning for seats in the Constituent Assembly. 

    “Seriously,” said Maruja. “Are you dealers or guerrillas?”

    “Guerrillas,” said the man in front. “But don’t worry, we just want you to take back a message. Seriously.”

    He stopped talking and told the others to push Maruja down on the floor because they were about to pass a police checkpoint. “Now if you move or say anything, we’ll kill you.” She felt the barrel of a revolver pressing against her ribs, and the man beside her completed the thought:

    “That’s a gun pointing at you.”

    The next ten minutes were eternal. Maruja focused her energy, chewing the cardamom seeds that helped to revive her, but her position did not let her see or hear what was said at the checkpoint, if in fact anything was said. Maruja had the impression that they went through with no questions asked. The suspicion that they were going to La Calera became a certainty, and the knowledge brought her some relief. She did not try to sit up because she felt more comfortable on the floor than with her head on the man’s knees. The car drove along a dirt road for about five minutes, then stopped. The man with the two-way radio said:

    “This is it.”

    No lights were visible. They covered Maruja’s head with a jacket and made her look down when she got out, so that all she saw was her own feet walking, first across a courtyard and then through what may have been a kitchen with a tile floor. When they uncovered her head she found herself in a small room, about two by three meters, with a mattress on the floor and a bare red light-bulb hanging from the ceiling. A moment later two men came in, their faces concealed by a kind of balaclava that was in fact the leg of a pair of sweatpants with three holes cut for the eyes and mouth. From then on, during her entire captivity, she did not see her captors’ faces again.

    She knew that these two were not the same men who had abducted her. Their clothes were shabby and soiled, they were shorter than Maruja, who is five feet, six inches tall, and they had the voices and bodies of boys. One of them ordered Maruja to hand over her jewelry. “For security reasons,” he said. “It’ll be safe here.” She gave him the emerald ring with the tiny diamonds, but not the earrings.

  • FR

    Journal d’un Enlèvement

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  • ES

    Noticia de un Secuestro

    Episodio 3

    También el que la llevaba en las rodillas trataba de calmarla. Maruja aspiró fuerte y espiró por la boca, muy despacio, y empezó a recuperarse. La situación cambió a las pocas cuadras, porque el automóvil encontró un nudo del tránsito en una pendiente forzada. El hombre del radioteléfono empezó a gritar órdenes imposibles que el chofer del otro carro no lograba cumplir. Había varias ambulancias atascadas en alguna parte de la autopista, y el alboroto de sus sirenas y los pitazos ensordecedores eran para enloquecer a quien no tuviera los nervios en su lugar. Y los secuestradores, al menos en aquel momento, no los tenían. El chofer estaba tan nervioso tratando de abrirse paso que tropezó con un taxi. No fue más que un golpe, pero el taxista gritó algo que aumentó el nerviosismo de todos. El hombre del radioteléfono dio la orden de avanzar como fuera, y el automóvil escapó por sobre andenes y terrenos baldíos. 

    Ya libre del atasco siguió subiendo. Maruja tuvo la impresión de que iban hacia La Calera, una cuesta del cerro muy concurrida a esa hora. Maruja recordó de pronto que tenía en el bolsillo de la chaqueta unas semillas de cardamomo, que son un tranquilizante natural, y les pidió a sus ecuestradores que le permitieran masticarlas. El hombre de su derecha la ayudó a buscarlas en el bolsillo, y se dio cuenta de que Maruja llevaba la cartera abrazada. Se la quitaron, pero le dieron el cardamomo. Maruja trató de ver bien a los secuestradores, pero la luz era muy escasa. Se atrevió a preguntarles:

    «¿Quiénes son ustedes?».

    El del radioteléfono le contestó con la voz reposada:

    -Somos del M-19.

    Una tontería, porque el M-19 estaba ya en la egalidad y haciendo campaña para formar parte de la Asamblea Constituyente.

    -En serio -dijo Maruja-. ¿Son del narcotráfico o de la guerrilla?

    -De la guerrilla -dijo el hombre de adelante-. Pero esté tranquila, sólo la queremos para que lleve un mensaje. En serio. 

    Se interrumpió para dar la orden de que tiraran a Maruja en el suelo, porque iban a pasar por un retén de la policía. «Ahora no se mueva ni diga nada, o la matamos», dijo. Ella sintió el cañón de un revólver en el costado y el que iba a su lado terminó la frase.

    -La estamos apuntando.

    Fueron unos diez minutos eternos. Maruja concentró sus fuerzas, masticando las pepitas de cardamomo que la reanimaban cada vez más, pero la mala posición no le permitía ver ni oír lo que hablaron con el retén, si es que algo hablaron. La impresión de Maruja fue que pasaron sin preguntas. La sospecha inicial de que iban hacia La Calera se volvió una certidumbre, y eso le causó un cierto alivio. No trató de incorporarse, porque se sentía más cómoda que con la cabeza apoyada en las rodillas del hombre. El carro recorrió un camino de arcilla, y unos cinco minutos después se detuvo. El hombre del radioteléfono dijo:

    -Ya llegamos.

    No se veía ninguna luz. A Maruja le cubrieron la ca~ beza con una chaqueta y la hicieron salir agachada, de modo que lo único que veía eran sus propios pies avanzando, primero a través de un patio, y luego tal vez por una cocina con baldosines. Cuando la descubrieron se dio cuenta de que estaban en un cuartito como de dos metros por tres, con un colchón en el suelo y un bombillo rojo en el cielo raso. Un instante después entraron dos hombres enmascarados con una especie de pasamontañas que era en realidad una pierna de sudadera para correr, con los tres agujeros de los ojos y la boca. A partir de entonces, durante todo el tiempo del cautiverio, no volvió a ver una cara de nadie.

    Se dio cuenta de que los dos que se ocupaban de ella no eran los mismos que la habían secuestrado. Sus ropas estaban usadas y sucias, eran más bajos que Maruja, que mide un metro con sesenta y siete, y con cuerpos y voces jóvenes. Uno de ellos le ordenó a Maruja entregarle las joyas que llevaba puestas. «Es por razones de seguridad -le dijo-. Aquí no les va a pasar nada.» Maruja le entregó el anillo de esmeraldas y diamantes minúsculos, pero no los aretes.

  • FA

    گزارش یک آدم ربایی

    قسمت سوم

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