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    News of a Kidnapping

    Episode 29

    María Victoria was not moved. She thought Parra was toying with Hernando’s feelings, exploiting his weakness, giving a little so he could get back more. At some point during the evening, Guido Parra must have sensed this because he said to Hernando: “That woman’s an iceberg.”

    Matters had reached this stage on November 7, when Maruja and Beatriz were abducted.

    The Notables had no firm ground to stand on. On November 22—following his prior announcement—Diego Montaña Cuéllar made the formal proposal to his fellow members that the group disband, and they, in a solemn meeting, presented the president with their conclusions regarding the Extraditables’ principal demands.

    If President Gaviria was hoping that the capitulation decree would elicit an immediate mass surrender by the drug traffickers, he must have been disappointed. It did not.

    Reactions in the press, in political circles, among distinguished jurists, and even some of the valid objections raised by the Extraditables’ lawyers, made it clear that Decree 2047 had to be revised. To begin with, it left the possibility wide open for any judge to interpret the extradition process in his own way. Another weakness was that although conclusive evidence against the drug dealers lay outside the country, the entire question of cooperation with the United States had reached a critical stage, and the time limits for obtaining evidence were too short. The solution—not contained in the decree—was to extend the time limits and transfer to the presidency the responsibility for negotiating the return of evidence to Colombia.

    Alberto Villamizar had also not found in the decree the decisive support he was hoping for. Until now his exchanges with Santos and Turbay, and his initial meetings with Pablo Escobar’s lawyers, had allowed him to form a broad view of the situation. His first impression was that the capitulation decree, a flawed move in the right direction, left him very little maneuvering room to obtain the release of his wife and sister. In the meanwhile, time was passing without any news of them, without the slightest proof they were still alive. His only opportunity to communicate with them had been a letter sent through Guido Parra, in which he gave them his optimistic assurance that he would do nothing else but work for their release. “I know your situation is terrible but stay calm,” he wrote to Maruja.

    The truth was that Villamizar had no idea what to do. He had exhausted every avenue, and the only thing he could hold on to during that long November was Rafael Pardo’s assurance that the president was considering another decree to complement and clarify 2047. “It’s just about ready,” he said. Rafael Pardo stopped by his house almost every evening and kept him up-to-date on his efforts, but not even he was very certain how to proceed. Villamizar concluded from his long, slow conversations with Santos and Turbay that negotiations had reached an impasse. He had no faith in Guido Parra. He had known him since the days when he stalked the halls of congress, and he thought him an opportunist and a crook. But for better or worse, Parra was the only card, and Villamizar decided to gamble everything on him. He had no other choice, and time was pressing.

     

    At his request, former president Turbay and Hernando Santos made an appointment to see Guido Parra, on the condition that Dr. Santiago Uribe, another of Escobar’s attorneys, with a good reputation as a serious man, also to be present. Guido Parra began the conversation with his usual high-flown rhetoric, but Villamizar brought him back down to earth with the brutal directness of a man from Santander.

    “Don’t fuck with me,” he said. “Let’s get to the point. You’ve stalled everything because your demands are moronic, and there’s only one damn thing at issue here: Your boys have to turn themselves in and confess to some crime that they can serve a twelve-year sentence for. That’s what the law says, period. And in exchange for that, they’ll get a reduced sentence and a guarantee of protection. All the rest is bullshit.”

    Guido Parra had no choice but to change his tone.

    “Look, Doctor,” he said, “the thing is that the government says they won’t be extradited, everybody says so, but where does the decree say it specifically?”

    Villamizar agreed. If the government was saying there would be no extraditions, since that was the sense of the law, then their job was to persuade the government to eliminate the ambiguities. All the rest—clever interpretations of a sui generis crime, or refusing to confess, or the immorality of implicating others—amounted to nothing more than Guido Parra’s rhetorical distractions. It was obvious that for the Extraditables—as their very name indicated—the only real and urgent requirement was not to be extradited. And it did not seem impossible to have this spelled out in the decree. But first Villamizar demanded from Guido Parra the same frankness and determination demanded by the Extraditables. First, he wanted to know how far Parra was authorized to negotiate, and second, how soon after the decree was amended, would the hostages be released. Guido Parra was solemn.

    “They’ll be free in twenty-four hours,” he said.

    “All of them, of course,” said Villamizar.

    “All of them.”

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    Journal d’un Enlèvement

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    Noticia de un Secuestro

    Episodio 29

    María Victoria no se conmovió. Le parecía que Parra jugaba con los sentimientos de Hernando, que explotaba su debilidad y le concedía algo por un lado para sacarle más por el otro. Guido Parra debió percibirlo en algún momento de la noche, porque le dijo a Hernando: «Esa mujer es como un témpano».

    En ese punto estaban las cosas el 7 de noviembre, cuando secuestraron a Maruja y a Beatriz. Los Notables se quedaron sin piso. El 22 de noviembre -tal como lo había anunciado- Diego Montaña Cuéllar planteó a sus compañeros de fórmula la liquidación del grupo, y éstos entregaron al presidente, en sesión solemne, sus conclusiones sobre las peticiones de fondo de los Extraditables.

    Si el presidente Gaviria esperaba que el decreto de sometimiento provocara una rendición masiva e inmediata de los narcotraficantes, debió sufrir un desencanto. No fue así. Las reacciones de la prensa, de los medios políticos, de juristas distinguidos, y aun algunos planteamientos válidos de los abogados de los Extraditables, hicieron patente que el decreto 2047 debía ser reformado. Para empezar, dejaba demasiado abierta la posibilidad de que cualquier juez interpretara a su modo el manejo de la extradición. Otra falla era que las pruebas decisivas contra los narcos estaban en el exterior, pero todo el elemento de cooperación con los Estados Unidos se había vuelto crítico, y los plazos para obtenerlas eran demasiado estrechos. La solución -que no estaba en el decreto- era ensanchar los plazos y trasladarle a la presidencia de la república la responsabilidad de ser el interlocutor  para traer las pruebas al país.

    Tampoco Alberto Villamizar había encontrado en el decreto el apoyo decisivo que esperaba. Hasta ese momento, sus intercambios con Santos y Turbay y sus primeras reuniones con los abogados de Pablo Escobar le habían permitido formarse una idea global de la situación. Su impresión de primera vista fue que el decreto de sometimiento, acertado pero deficiente, le dejaba muy poco margen de acción para liberar a sus secuestradas.

    Mientras tanto, el tiempo pasaba sin ninguna noticia de ellas ni una ínfima prueba de supervivencia. Su única oportunidad para comunicarse había sido una carta enviada a través de Guido Parra, en la que les daba a ambas el optimismo y la seguridad de que él no volvería a hacer nada diferente de trabajar por liberarlas. «Yo sé que su situación es terrible pero esté tranquila», le escribió a Maruja.

    La verdad era que Villamizar estaba en las tinieblas. Había agotado todas las puertas, y su único asidero en el largo noviembre era la promesa de Rafael Pardo de que el presidente estaba pensando en un decreto complementario y aclaratorio del 2047. «Eso ya está listo», le decía. Rafael Pardo pasaba por su casa casi todas las tardes y lo mantenía al corriente de sus gestiones, pero él mismo no estaba muy seguro de por dónde continuar. Su conclusión de las lentas conversaciones con Santos y Turbay era que las negociaciones estaban empantanadas. No creía en Guido Parra. Lo conocía desde sus merodeos por el congreso y le parecía oportunista y turbio. Sin embargo, buena o mala, era la única carta, y decidió jugársela a fondo. No había otra y el tiempo apremiaba.

    A solicitud suya, el ex presidente Turbay y Hernando Santos citaron a Guido Parra, con la condición de que asistiera también el doctor Santiago Uribe, otro abogado de Escobar con una buena reputación de seriedad. Guido Parra inició la conversación con sus frases habituales de alto vuelo, pero Villamizar lo puso con los pies sobre la tierra desde la primera con un capotazo a la santandereana.

    -A mí no me venga a hablar mierda -le dijo-. Vamos a lo que se trata. Usted tiene todo empantanado por andar pidiendo huevo-nadas y aquí no hay sino una vaina: simplemente, los tipos tienen que entregarse y confesar algún delito por el cual se les puedan meter doce años. Es lo que dice la ley y punto. A cambio de eso les dan una rebaja de penas y se les garantiza la vida. Lo demás son puras pendejadas suyas.

    Guido Parra no tuvo ningún reparo para ponerse a tono.

    -Mire, mi doctor -le dijo-, aquí lo que ocurre es que el gobierno dice que no los van a extraditar, todo el mundo lo dice, pero ¿dónde lo dice taxativamente el decreto?

    Villamizar estuvo de acuerdo. Si el gobierno estaba diciendo que no iba a extraditar, puesto que ése era el sentido de la ley, la tarea era convencer al gobierno de que se corrigieran las ambigüedades. Lo demás -las interpretaciones amañadas del delito sui-generis, o la negativa a confesar, o la inmoralidad de la delación- no era más que distracciones retóricas de Guido Parra. Pues era claro que para los Extraditables -como su propio nombre lo indicaba- la única exigencia real y perentoria en aquel momento era la de no ser extraditados. De modo que no le pareció imposible obtener esa precisión para el decreto.

    Pero antes le exigió a Guido Parra la misma franqueza y determinación que los Extraditables exigían. Quiso saber, primero, hasta dónde estaba Parra autorizado para negociar, y segundo, cuánto tiempo después de arreglado el decreto liberarían a los rehenes.

    Guido Parra fue formal.

    -Veinticuatro horas después están fuera -dijo.

    -Todos, por supuesto -dijo Villamizar.

    -Todos.

  • FA

    گزارش یک آدم ربایی

    قسمت بیست و نُهم

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