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    News of a Kidnapping

    Episode 27

    In less than a month, Nydia returned for more talks with the Ochoa sisters at the home of a mutual friend. She also visited one of Pablo Escobar’s sisters-in-law, who spoke to her at length of the brutality she and her family had suffered at the hands of the police. Nydia brought her a letter for Escobar: Two and a half full-size sheets covered almost completely by her ornate hand and written with an expressive precision achieved after many drafts.

    Her purpose was to touch Escobar’s heart. She began by saying that she was not writing to the fighter capable of doing anything to achieve his ends, but to Pablo the man, “a feeling man who loves his mother and would give his life for her, who has a wife and young, innocent, defenseless children whom he wishes to protect.” She understood that Escobar had abducted the journalists as a means of calling public attention to his cause, but in her opinion he had already succeeded. And so—the letter concluded—”show the world the human being you are, and in a great, humanitarian act that everyone will understand, return the hostages to us.”

    Escobar’s sister-in-law seemed truly moved as she read it. “You can be absolutely sure this letter will touch him,” she said as if to herself. “Everything you’re doing touches him, and that can only work in your daughter’s favor.” Then she refolded the letter, put it in the envelope, and sealed it herself.

    “Don’t worry,” she told Nydia with evident sincerity. “Pablo will have the letter today.”

    Nydia returned to Bogotá that night, hopeful about the effect the letter would have and determined to ask the president for what Dr. Turbay had not dared to request: a halt in police operations while the release of the hostages was being negotiated. She did so, and Gaviria told her straight out he could not give that order. “It was one thing for us to offer an alternative judicial policy,” he said later. “But suspending operations would not have meant freedom for the hostages but only that we had stopped hunting down Escobar.”

    Nydia felt she was in the presence of a man of stone who cared nothing for her daughter’s life. She had to control her rage as the president explained that law enforcement was not a negotiable subject, which the police did not have to ask permission to act, that he could not order them not to act within the limits of the law. The visit was a disaster.

    After their failed efforts with the president, Turbay and Santos decided to try other avenues, and they could think of none better than the Notables. The group was composed of two former presidents, Alfonso López Michelsen and Misael Pastrana; the parliamentarian Diego Montaña Cuéllar; and Cardinal Mario Revollo Bravo, archbishop of Bogotá. In October the families of the hostages met with them at the home of Hernando Santos. They began by recounting their conversations with President Gaviria.

    The only part that interested López Michelsen was the possibility of amending the decree with judicial specifications, which might create new openings for the capitulation policy.

    “We have to get a foot in the door,” he said. Pastrana favored formulas that would pressure the drug dealers into surrender. But using what weapons? Hernando Santos reminded Montaña Cuéllar that he could mobilize the guerrilla forces.

    After a long, informed discussion, López Michelsen reached the first conclusion. “Let’s play the Extraditables’ game,” he said. And he proposed writing a public letter announcing that the Notables were now spokesmen for the families of the hostages. The unanimous decision was that López Michelsen would write the letter.

    Two days later the first draft was read to a second gathering attended by Guido Parra and another of Escobar’s lawyers. This document articulated for the first time the thesis that drug trafficking could be considered a collective, sui-generis crime, which meant that the negotiation could move in unprecedented directions. Guido Parra was startled.

    “A sui generis crime,” he exclaimed in astonishment. “That’s brilliant!”

    With that as a starting point, Guido Parra elaborated the concept in his own way, as a God-given right on the murky border between ordinary and political crimes, making possible the dream that the Extraditables, like the guerrillas, would be treated as political offenders. Each man spoke. Then, one of Escobar’s lawyers asked the Notables to obtain a letter from Gaviria that would guarantee Escobar’s life in an explicit, unequivocal way.

    “I’m very sorry,” said Hernando Santos, shocked at the request, “but I won’t get involved in that.”

    “And I certainly won’t,” said Turbay.

    López Michelsen’s refusal was vehement. Then the lawyer asked them to arrange a meeting between him and the president so that Gaviria could give him an oral guarantee for Escobar. “We won’t deal with that subject here,” López Michelsen replied.

    Before the Notables met to revise the draft of their statement, Pablo Escobar had already been informed of their most confidential intentions. This is the only way to explain his extraordinary instructions in an urgent letter to Guido Parra. “You are free to find some way to have the Notables invite you to their discussion,” he wrote. And then he listed a series of decisions the Extraditables had already made in anticipation of any fresh initiative.

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    Journal d’un Enlèvement

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    Noticia de un Secuestro

    Episodio 27

    Antes de un mes volvió Nydia a conversar con las hermanas Ochoa, en casa de una amiga común. Visitó asimismo a una cuñada de Pablo Escobar, que le habló en extenso de los atropellos de que eran víctimas ella y sus hermanos. Nydia le llevaba una carta para Escobar, en dos hojas y media de tamaño oficio, casi sin márgenes, con una caligrafía florida y un estilo justo y expresivo logrado al cabo de muchos borradores. Su propósito atinado era llegar al corazón de Escobar. Empezaba por decir que no se dirigía al combatiente capaz de cualquier cosa por conseguir sus fines, sino a Pablo el hombre, «ese ser sensitivo, que adora a su madre y daría por, ella su propia vida, al que tiene esposa y pequeños hijos inocentes e indefensos a quienes desea proteger». Se daba cuenta de que Escobar había apelado al secuestro de los periodistas para llamar la atención de la opinión pública en favor de su causa, pero consideraba que ya lo había logrado de sobra. En consecuencia -concluía la carta- «muéstrese como el ser humano que es, y en un acto grande y humanitario que el mundo entenderá, devuélvanos a los secuestrados».

    La cuñada de Escobar parecía de verdad emocionada mientras leía. «Tenga la absoluta seguridad de que esta carta lo va a conmover muchísimo -dijo como para sí misma en una pausa-. Todo lo que usted está haciendo lo conmueve y eso redundará en favor de su hija.»

    Al final dobló otra vez la carta, la puso en el sobre y ella misma lo cerró.

    -Váyase tranquila -le dijo a Nydia con una sinceridad que no dejaba dudas-. Pablo recibirá la carta hoy mismo.

    Nydia regresó esa noche a Bogotá esperanzada con los resultados de la carta, y decidida a pedirle al presidente lo que el doctor Turbay no se había atrevido: una pausa en los operativos de la policía mientras se negociaba la liberación de los rehenes. Lo hizo, y Gaviria le dijo sin preámbulos que no podía dar esa orden. «Una cosa era que nosotros ofreciéramos una política de justicia como alternativa -dijo después-. Pero la suspensión de los operativos no habría servido para liberar a los secuestrados, sino para que no persiguiéramos a Escobar.»

    Nydia sintió que estaba en presencia de un hombre de piedra al que no le importaba la vida de su hija. Tuvo que reprimir una oleada de rabia mientras el presidente le explicaba que el tema de la fuerza pública no era negociable, que ésta no tenla que pedir permiso para actuar ni podía darle órdenes para que no actuara dentro de los límites de la ley. La visita fue un desastre.

    Ante la inutilidad de sus gestiones con el presidente de la república, Turbay y Santos habían decidido llamar a otras puertas, y no se les ocurrió otra mejor que los Notables. Este grupo estaba formado por los ex presidentes Alfonso López Michelsen y Misael Pastrana; el parlamentario Diego Montaña Cuéllar y el cardenal Mario Revollo Bravo, arzobispo de Bogotá. En octubre, los familiares de los secuestrados se reunieron con ellos en casa de Hernando Santos. Empezaron por contar las entrevistas con el presidente Gaviria. Lo único que en realidad le interesó de ellas a López Michelsen fue la posibilidad de reformar el decreto con precisiones jurídicas para abrir nuevas puertas a la política de sometimiento.

    «Hay que meterle cabeza», dijo. Pastrana se mostró partidario de buscar fórmulas para presionar la entrega. ¿Pero con qué armas? Hernando Santos le recordó a Montaña Cuéllar que él podía movilizar a favor la fuerza de la guerrilla.

    Al cabo de un intercambio largo y bien informado, López Michelsen hizo la primera conclusión. «Vamos a seguirles el juego a los Extraditables», dijo. Y propuso, en consecuencia, hacer una carta pública para que se supiera que los Notables habían tomado la vocería de las familias de los secuestrados. El acuerdo unánime fue que la redactara López Michelsen.

    A los dos días estaba listo el primer borrador que fue leído en una nueva reunión a la que asistió Guido Parra con otro abogado de Escobar. En ese documento estaba expuesta por primera vez la tesis de que el narcotráfico podía considerarse un delito colectivo, de carácter sui-generis, que señalaba un camino inédito a la negociación. Guido Parra dio un salto.

    -Un delito sui generis -exclamó maravillado-.

    ¡Eso es genial!

    A partir de allí elaboró el concepto a su manera como un privilegio celestial en la frontera nebulosa del delito común y el delito político, que hacía posible el sueño de que los Extraditables tuvieran el mismo tratamiento político que las guerrillas. En la primera lectura cada uno puso algo suyo. Al final, uno de los abogados de Escobar solicitó que los Notables consiguieran una carta de Gaviria que garantizara la vida de Escobar de un modo expreso e inequívoco.

    -Lo lamento -dijo Hernando Santos, escandalizado de la petición-, pero yo no me meto en eso.

    -Muchísimo menos yo -dijo Turbay.

    López Michelsen se negó de un modo enérgico. El abogado pidió entonces que le consiguieran una entrevista con el presidente para que les diera de palabra la garantía para Escobar.

    -Ese tema no se trata aquí -concluyó López.

    Antes de que los Notables se reunieran para redactar el borrador de su declaración, Pablo Escobar estaba ya informado de sus intenciones más recónditas. Sólo así se explica que le hubiera impartido orientaciones extremas a Guido Parra en una carta apremiante. «Te doy autonomía para que busques la forma de que los Notables te inviten al intercambio de ideas», le había escrito.

    Y enseguida enumeró una serie de decisiones ya tomadas por los Extraditables para anticiparse a cualquier iniciativa distinta.

  • FA

    گزارش یک آدم ربایی

    قسمت بیست و هفتم

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