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    News of a Kidnapping

    Episode 21

    Chapter 4

    THE ABDUCTION of the journalists was, in effect, a response to the idea that had preoccupied President César Gaviria since the time he was a minister in Virgilio Barco’s government: how to create a judicial alternative to the war against terrorism. It had been a central theme in his campaign for the presidency. He had emphasized it in his acceptance speech, making the important distinction that terrorism by the drug traffickers was a national problem and might have a national solution, while the drug traffic was international and could only have international solutions. His first priority was narcoterrorism, for after the first bombs, public opinion demanded prison for the terrorists, after the next few bombings the demand was for extradition, but as the bombs continued to explode public opinion began to demand amnesty. For this reason, extradition had to be considered an emergency measure that would pressure the criminals into surrendering, and Gaviria was prepared to apply that pressure without hesitation.

    In the first days after he took office, Gaviria barely had time to talk to anyone; he was exhausted by the job of organizing his government and convening a Constituent Assembly that would undertake the first major reform of the state in over a hundred years. Rafael Pardo had shared his concern with terrorism ever since the assassination of Luis Carlos Galán. But he too was caught up in endless organizational duties. He was in a peculiar position. His appointment as adviser on security and public order had been one of the first in a government palace shaken by the innovative drive of one of this century’s youngest presidents, a Beatles fan and an avid reader of poetry, who had given his ideas for drastic changes a modest name: “The Shake-up” (The Revolcón). Pardo walked through this windstorm carrying the briefcase he always had with him, working wherever he could find space. His daughter Laura thought he had lost his job because he did not leave for work or come home at regular hours. The truth is that the informality imposed by circumstances was well suited to Rafael Pardo, whose nature was more that of a lyric poet than a governmental bureaucrat. He was thirty-eight years old, with a solid academic background: a diploma from the Gimnasio Moderno in Bogotá, a degree in economics from the University of the Andes, where for nine years he had been a teacher and researcher in that same field, and a graduate degree in planning from the Institute for Social Sciences in The Hague, Holland. He was also a voracious reader of every book he could lay his hands on, in particular those dealing with two dissimilar subjects: poetry and security.

    He owned four ties, which he had received for Christmas over the past four years; he never chose to put them on but carried one in his pocket for emergencies. He never noticed if his trousers and jackets matched; as he was so absent-minded that his socks were often different colors, and whenever possible he was in short sleeves because he made no distinction between heat and cold. His greatest excesses were poker games with his daughter Laura until two in the morning, played in absolute silence and using beans instead of money. Claudia, his beautiful and patient wife, would become irritated because he wandered the house like a sleepwalker, not knowing where the water glasses were kept or how to close a door or take ice cubes from the freezer, and he had an almost magical faculty for ignoring the things he despised. And yet his most uncommon traits were a statue’s impassivity that did not give the slightest clue as to what he was thinking, and a merciless talent for ending a conversation with two or three words, or a heated discussion with a single polished monosyllable.

    His office and university colleagues, however, could not understand his lack of standing at home, for they knew him as an intelligent, organized worker who possessed an almost terrifying serenity, and whose befuddled air was no doubt intended to befuddle others. He became irritated with simple problems, displayed great patience with lost causes, and had a strong will tempered by an imperturbable, sardonic sense of humor. President Virgilio Barco had to recognize the useful side of his secrecy and his fondness for mysteries, as he was in charge of negotiations with the guerrillas and rehabilitation programs in conflict zones, and with that capacity he achieved peace agreements with the M -19.  President Gaviria, who was equally secretive, and someone with unfathomable silences, appointed him as “Head of Security and Public Order” in one of the least secure and most disordered countries in the world. Pardo assumed the post carrying his entire office in his briefcase and for two weeks had to ask permission to use the bathroom or the telephone in other people’s offices. But the president often consulted with him on a variety of subjects, and listened with premonitory attention when he spoke at difficult meetings. One afternoon, when they were alone in the president’s office, Gaviria asked him a question:

    “Tell me something Rafael, aren’t you worried that one of these guys will suddenly turn himself in, and we won’t have any charge to arrest him with?”

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    Journal d’un Enlèvement

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    Noticia de un Secuestro

    Episodio 21

    Capítulo 4

    De modo que el secuestro de los periodistas fue una reacción a la idea que atormentaba al presidente César Gaviria desde que era ministro de Gobierno de Virgilio Barco: cómo crear una alternativa jurídica a la guerra contra el terrorismo. Había sido un tema central de su campaña para la presidencia. Lo había recalcado en su discurso de posesión, con la distinción importante de que el terrorismo de los traficantes era un problema nacional, y podía tener una solución nacional, mientras que el narcotráfico era internacional y sólo podía tener soluciones internacionales. La prioridad era contra el narcoterrorismo, pues con las primeras bombas la opinión pública pedía la cárcel para los narcoterroristas, con las siguientes pedía la extradición, pero a partir de, la cuarta bomba empezaba a pedir que los indultaran. También en ese sentido la extradición debía ser un instrumento de emergencia para presionar la entrega de los delincuentes, y Gaviria estaba dispuesto a aplicarla sin contemplaciones.

    En los primeros días después de su posesión apenas si tuvo tiempo de conversarlo con nadie, agobiado por la organización del gobierno y la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente que hiciera la primera reforma de fondo del Estado en los últimos cien años. Rafael Pardo compartía la inquietud sobre el terrorismo desde el asesinato de Luis Carlos Galán. Pero también él se encontraba arrastrado por los atafagos inaugurales.

    Su situación era peculiar. El nombramiento como consejero de Seguridad y Orden Público había sido uno de los primeros, en un palacio sacudido por los ímpetus renovadores de uno de los presidentes más jóvenes de este siglo, devorador de poesía y admirador de los Beatles, y con ideas de cambios de fondo a los que él mismo había bautizado con un nombre modesto: El Revolcón. Pero Pardo andaba en medio de aquella ventisca con un maletín de papeles que llevaba a todas partes, y se acomodaba para trabajar donde podía.

    Su hija Laura creía que él se había quedado sin empleo porque no tenía horas de salida ni llegada en la casa. La verdad es que aquella informalidad forzada por las circunstancias estaba muy de acuerdo con el modo de ser de Rafael Pardo, que parecía más de poeta lírico que de funcionario de Estado. Tenía treinta y ocho años. Su formación académica era evidente y bien sustentada: bachiller en el Gimnasio Moderno de Bogotá, economista en la Universidad de los Andes, donde además fue maestro de-economía e investigador durante nueve años, y postgraduado en Planeación en el Instituto de Estudios Sociales de La Haya, Holanda. Además era un lector algo delirante de cuanto libro encontraba a su paso, y en especial de dos especialidades distantes: poesía y seguridad. En aquel tiempo sólo tenía cuatro corbatas que le habían regalado en las cuatro Navidades anteriores y no se las ponía por su gusto, sino que llevaba una en el bolsillo sólo para casos de emergencia. Combinaba pantalones con chaquetas sin tomar en cuenta pintas ni estilos, se ponía por distracción una media de un color y otra de otro, y siempre que podía andaba en mangas de camisa porque no hacía diferencia entre el frío y el calor. Sus orgías mayores eran partidas de póquer con su hija Laura hasta las dos de la madrugada, en silencio absoluto y con frijoles en vez de plata. Claudia, su bella y paciente esposa, se exasperaba porque andaba como sonámbulo por la casa, sin saber dónde estaban los vasos o cómo se cerraba una puerta o se sacaba el hielo de la nevera, y tenía la facultad casi mágica de no enterarse de las cosas que no soportaba. Con todo, su condición más rara era una impavidez de estatua que no dejaba ni el mínimo resquicio para imaginar lo que estaba pensando, y un talento inclemente para resolver una conversación con no más de cuatro palabras o ponerle término a una discusión frenética con un monosílabo lapidario.

    Sin embargo, sus compañeros de estudio y de trabajo no entendían su desprestigio doméstico, pues lo conocían como un trabajador inteligente, ordenado y de una serenidad escalofriante, cuyo aire despistado les parecía más bien para despistar. Era irritable con los problemas fáciles y de una gran paciencia con las causas perdidas, y tenía un carácter firme apenas moderado por un sentido del humor imperturbable y socarrón. El presidente Virgilio Barco debió reconocer el lado útil de su hermetismo y su afición por los misterios, pues lo encargó de las negociaciones con la guerrilla y los programas de rehabilitación en zonas de conflicto, y con ese título logró los acuerdos de paz con el M-19. El presidente Gaviria, que competía con él en secretos de Estado y silencios insondables, le echó encima además los problemas de la seguridad y el orden público en uno de los países más inseguros y subvertidos del mundo. Pardo tomó posesión con toda su oficina en el maletín, y durante dos semanas más tenía que pedir permiso para usar el baño o el teléfono en oficinas ajenas.

    Pero el presidente lo consultaba a menudo sobre cualquier tema y lo escuchaba con una atención premonitoria en las reuniones difíciles. Una tarde se quedó solo con el presidente en su oficina, y éste le preguntó con su aire despistado:

    -Dígame una cosa, Rafael, ¿a usted no le preocupa que uno de esos tipos se entregue de pronto a la justicia y no tengamos ningún cargo contra él para ponerlo preso?

  • FA

    گزارش یک آدم ربایی

    قسمت بیست و یکم

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